PREGON FERIAS Y FIESTAS DEL STMO. CRISTO DE LAS BATALLAS.

Santiago de Alcántara. 31 de Agosto del 2000.  

 

    Cuándo me preguntaba de qué os iba a hablar en el Pregón de las Fiestas en Honor del Santísimo Cristo de las Batallas, me vino la idea por una fotografía de 1955 de las escuelas, que regalé a mi tío y maestro Isidro Valle en el homenaje de su jubilación,  en la que estamos un centenar de niños, entonces, con los maestros D. Manolo Domínguez, D.  Joaquín Mendieta, D. Luis y él. Pues bien algunos de ellos nos la están pidiendo para ampliarla y conservarla. Y es que gusta recordar. Ver foto  

Y me dije, ya sé de lo que voy a hablar en el pregón: de cómo era la feria hace casi unos cincuenta años. Precisamente cuando empezó la sangría de la emigración que nos tiene a tantos fuera de nuestra tierra.

Este servirá de entrañable recuerdo para muchos de mi edad y mayores y como curiosidad para los más jóvenes.  

El marco no era así: Lo primero que nos anunciaba que la Feria se acercaba era una gran polvareda, la que hacían barriendo la plaza, pues estaba sin asfaltar, en canchos y tierra, lo que por otra parte nos servía a los más pequeños para jugar a los bolindres, a los peones, a la picota, a la luz, al marro y a tantos y tantos juegos que por desgracia han desaparecido.  

Un segundo anuncio es que salían Epifanio o Ramón, el gran alguacil-sacristán que recientemente nos ha dejado y que desde arriba nos estará contemplando y para el que pido un gran aplauso cómo homenaje póstumo...  

Pues ellos con algún ayudante iban engalanando las calles con las típicas banderitas y por fin venían los” puestos”, que se situaban en toda la plaza, junto al paseo, con sus poyos y barandillas, sus cuatro entradas y lo único empedrado, con sus eucaliptos, bajo el andén de la Iglesia, en la fachada. Allí siempre se situaba el gordo de los juguetes y algún puesto de turrón.  

En la plaza de atrás además de la churrería del Sr. Emilio, el fotógrafo con su típico caballo de cartón y sus trajes de sevillanas, de época o vaqueros, con sus fondos de parques inexistentes, que nos hacía soñar frente a su daguerrotipiana máquina de fotografiar.

Y las rifas, las rifas del “siempre toca, cuando no es un pito, es una pelota”, que en su girar y girar, era lo que daban en premio, pues en los regalos más apetecibles la lengüeta no se quedaba...

Y cerquita de aquí Liebrino y Bárbara, con el carro de los helados, pregonando al rico helado mantecado... negocio que en invierno se transformaba en asador de castañas y venta de chucherías...

Junto al paseo el puesto de juguetes de Miguelín, que con sus bromas y nuestras carencias encandilaba a los más pequeños, los turrones de Garamontel y la churrería del sr. Rufino, más artesanal que los otros puestos.  

Frente a estos los puestos de turrones de Magallanes, algún año el tren de la muerte, o futbolines y los puestos de tiro ,con escopetas de balines, a las bolas, cigarros, puros, muñecas, ositos ,llaveros, etc. Y qué tendrían aquellas escopetas que cuanto más te arrimabas , más fallabas.  

No podemos olvidar algún año que vinieron las barcas o el Carrusel, con la canción del Caballito bandolero, caballito bandolero... que bien nos lo pasamos aquellos años pues nos podíamos montar con las muchachas y algún que otro refregoncito conseguíamos y tan felices...  

El baile era otro asunto, no había verbena, si grandes matinés en el casino de Los Mónicos y en el del Sr. Manolo, y por la noche en este último, pero en aquellos años de censura el baile estaba vedado para los más jóvenes, solamente los mayores de 16 años tenían acceso al mismo, los demás en el mejor de los casos se tenían que conformar con verlo desde las ventanas y en las bodas, si nos dejaban, desde el gallinero” en el casino de los Mónicos. El problema llegaba cuando teníamos la edad, pues al no saber bailar las muchachas no querían bailar con nosotros, se tenía que prestar alguna chica mayor a enseñamos. No recordáis aquellos bailes bien iluminados, bien vigilados por madres, tías o vecinas que allí bien sentadas en primera fila guardaban rebecas, bolsos y abanicos... y nosotros aprieta que te aprieta, junto a la orquesta y frente a ellas solo se pasaba en los pasodobles o los que sabían bien bailar...  

Por la noche grandes sesiones de cine, dos cada noche, donde no podían faltar alguna película de Antonio Molina, Lola Flores o Manolo Escobar, una del Oeste y otras que aunque fueran de mayor calidad no conseguían la audiencia de aquellas... Y en el descanso a comprar pipas, polos, helados o avellanas y de nuevo a apretujamos entre las filas de sillas de enea, que en el cristo llegaban hasta casi la pantalla y el gallinero a rebosar.  

En el casino de arriba grandes bailes con la Perra Negra, Los Santos o la de Camisón, que nos entusiasmaba con sus solos de batería, hasta en la pared tocaba...  

No podemos dejar pasar el día de los cabezudos, por la mañana Luciano Siguirilla a colocar los fuegos o la cucaña, y por la tarde venía la diversión para unos y el suplicio para otros con los cabezudos, los cohetes anunciaban su salida y el redoble característico del tambor y los pasacalles de los músicos, su cercanía y el correr calle arriba y calle abajo de los muchachos y muchachas, con caras desencajadas de miedo o diversión.  

Y llegaba el día del Cristo, con el alegre despertar de la diana floreada por las calles del pueblo.., a por los churros y a prepararse para la procesión: Las autoridades sacaban al Cristo, escoltado por la Guardia Civil, o a veces por militares, oficiales y suboficiales del pueblo que con sus uniformes de gala, se sentían orgullosos de escoltar a su Cristo de las Batallas y un silencio sobrecogedor se hacía, cuando el Cristo aparecia por la puerta de la Iglesia al tiempo que sonaban los acordes del Himno Nacional. A muchos/as se les encogía el corazón y se les hacía un nudo en la garganta, al tiempo que alguna que otra lágrima rodaba por las mejillas, incluso de algunos hombres que se apresuraban a limpiarla, por lo que pudieran pensar de ellos...  

Después todos juntos apiñados en torno a nuestro Cristo enfilábamos hacia la C/ Vieja, las Cuatro Calles y el resto del recorrido tradicional hasta llegar a la plaza... Y durante todo el recorrido le iban pinchando en las faldas donativos por favores recibidos, que después se harían en cintas que pendían de las andas.. .Los que hacían promesas con sus mortajas, sus hábitos o pies descalzos...

Y los cohetes como salvas no cesaban de estallar, lo mismo que el repique de campanas... y curiosamente había más pájaros que ahora.  

Y concluía con la Misa y el sermón de algún fraile capuchino o cura que hubiese predicado las novenas y a la fiesta.  

Por la tarde de nuevo al paseo a escuchar el concierto de la Banda, a ver como se elevaban los globos festivos en el cielo, a sentarse en las terrazas de los bares y a beber y comer lo que no se hacia habitualmente durante el resto del año.  

Por el año 66 o 67 hubo dos atracciones nuevas, esta vez en los corralones el teatro Talía con sus dramas y variedades y una corrida de toros, en una plaza construida con carros, que aún por aquella fecha quedaban muchos en el pueblo, torearon El Mirabeleño y El Niño de la Cruz, el primero padre del actual matador Juan Mora, por cierto.  

Y por la noche en torno a las 11 los fuegos artificiales, las típicas ruedas de fuego, con la del Cristo y la traca final, precedida de disparos de cohetes y morteros, como rezaban los programas de las fiestas... El ya mencionado Luciano Siguirilla era el encargado de ponerlas a punto, pero uno de esos años llovió y tuvo que ser el sr. Severiano el que con un escobón contribuyera al encendido de las mismas.  

El día 3, por la mañana, se dedicaba a los más pequeños y los juegos del chocolate, barreño con harina y monedas, pucheros, carreras de saco, de cintas y cucaña divertían a grandes y pequeños. Tampoco podemos olvidar durante estos años la Tómbola Parroquial para conseguir fondos para reparar la Iglesia.

Tampoco los grandes partidos de fútbol, sin trofeos, sin equipaciones y a veces casi sin balón y como premio nos conformábamos que se leyera la alineación y el resultado en el descanso del cine.  

Santiago, Santiago, cuántos recuerdos, cuántos lugares entrañables...La Peña Choricera, La Paloma, El Abujero, El Palomar, El Huerto la Longa, La Fuente el Corcho, La Cotahína,La Charca la Vica, la Garapetá, la carretera de abajo, la de Carbajo, lugares de paseo y emparejamiento... Cuantas declaraciones de amor, cuantos corazones en sus eucaliptos, cuantos apretujones en sus cunetas... Cuantos y buenos matrimonios surgieron en estos parajes, si las piedras hablaran...  

Podría seguir durante mucho más tiempo desgranando sentimientos muy jondos que se forjaron en el pueblo, al que llevo siempre en mí corazón con orgullo y del que jamás me he olvidado, a pesar de que como mucho de vosotros tenga que vivir lejos de aquí, pero al que vuelvo cada vez que me lo permiten mis obligaciones profesionales y familiares.  

Santiago es para mí como un pulmón artificial, que sin él no podría seguir viviendo. Y una copa de vino tomada junto a mis amigos Pablo, Emilio y otros tantos en alguno de sus casinos o bares me sabe mejor que un “Vega Sicilia” en un restaurante de lujo.  

Para terminar agradecer a la corporación municipal y comisión de festejos que me han permitido pasar esta “película festiva” ante todos y aprovecho para decirles a unos y a otros, que siempre antepongan los intereses de Santiago, a cualquier otro. Y que por encima de esos absurdos enfrentamientos que a veces surgen en los pueblos, debe de estar siempre su pueblo, nuestro pueblo, y en medio de el Stmo. Cristo de las Batallas aunando esfuerzos porque de Santiago y perder...

No puede ser.  

Santiagueños, santiagueñas. Viva Santiago.

Gloria al Cristo de las Batallas.                                   

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